10 sept. 2007

historia

La creación es libertad y, acaso, la vida debería ser creación, repetido invento. Reinvento. Es difícil, pero vale la pena. Don Arnoldo Herrera dio libertad en el Conservatorio Castella: que el programa sea para el estudiante, y no al revés. Que el niño o la niña haga su camino. Que el aprender sea, en realidad, descubrir, como otros descubrieron islas o continentes.

No pocas veces dijo: “El secreto de la educación reside en la libertad. Si hay libertad, hay creatividad, y si hay creatividad, hay trascendencia”. También dijo, como consejo a sus estudiantes: “Creer, crear y crecer”.

Cuando en 1953 emprendió la empresa de una institución que conjugara los requisitos académicos con la práctica artística, pocos creyeron en el proyecto. Treinta y ocho años después, al reconocerse su labor con el Premio Magón, la aprobación fue unánime: don Arnoldo merecía el premio y más, y de ello daban garantía sus alumnos y ex alumnos.


En 1953 Herrera recuperó el legado de Carlos Millet de Castella, quien donaba 100 mil colones y un terreno; a un costado de La Sabana se levantaron las primeras instalaciones del Castella. El principio material estaba: con las clases empezó la tarea espiritual, el saber conciliar las disciplinas académicas y las artísticas. Conciliación en libertad, además: formar jóvenes inventivos, críticos, sensibles a lo interior y exterior de sí. Que cada muchacho o muchacha encontrara “el pan del tamaño de su hambre, el zapato a la medida de su pie”, dijo después. Aunque era un proyecto atípico, disparatado según muchos, el entonces ministro de Educación Uladislao Gámez lo autorizó y la “fábrica de sueños” empezó a funcionar en 1954, con una primera matrícula de apenas 35 niños. Al morir don Arnoldo en 1996, esta superaba los 1600 alumnos, cada uno un poco su hijo o hija.

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